EL TREN DE SANTIAGO

El tren recién accidentado en Santiago de Compostela tomó su última curva a una velocidad excesiva. Aquí hay un ejemplo de un procedimiento cuyo costo de implementación era ínfimo frente a un riesgo de alto impacto. Es frecuente esta situación cuando no se cuenta con una cultura del riesgo que permita interiorizar las consecuencias de acciones, muchas de las cuales requieren un mínimo esfuerzo, como era el acatar el límite de velocidad en el caso del tren de Santiago.

Similar situación es la de la persona que por desidia no se ajusta el cinturón de seguridad dentro de un vehículo en movimiento. La falta de cultura de riesgo le impide, a esa persona, valorar que el costo del control (ajustarse el cinturón) no existe, mientras que las consecuencias en caso de accidente son catastróficas.

Reaccionar cuando el peligro está encima es con frecuencia imposible y, por tanto, conviene prevenir para no tener que lamentar. Lo primero es establecer (cultivar) en la empresa la cultura del riesgo y que todos sean conscientes de ser partícipes en su control y prevención. Si las cosas se hacen bien desde el principio, la posibilidad de errores se minimiza y el ahorro es considerable pues se evita la repetición o la corrección.

Un mapa de riesgos empresariales fomenta y contribuye grandemente al afianzamiento de una cultura organizacional del riesgo y permite inventariar los riesgos que se enfrentan en las diversas áreas de la empresa para verlos todos en conjunto y cómo interactúan unos con otro. La evaluación del riesgo (después de su identificación) mide su probabilidad e impacto para ubicarlo en una escala previamente acordada donde se aprecia comparativamente con los demás riesgos. Este proceso termina con la gestión del riesgo que establece acciones para su mitigación e indicadores y fechas de seguimiento para asegurarse de las correcciones dispuestas. Este proceso de identificación, evaluación y gestión se desarrolla con la participación de los diversos estamentos de la organización, lo cual permite consolidar una cultura de riesgo necesaria para hacer la empresa sostenible.

Como dijo el poeta Eduardo Carranza en su Epístola Mortal: “A nuestra espalda, sigilosamente / cuando estamos dormidos,/ sin avisarnos se urden muchas cosas / como incendios, naufragios y batallas / y terremotos de iracundo puño... / que de repente borran de este mundo / el rostro del ahora y del ayer,”

Los riesgos no dejan de existir porque no los veamos. El témpano de hielo que hundió al Titanic avanzaba rápidamente sin que los vigías lo observaran por falta de binóculos. El Titanic contaba con obras de arte, vajillas doradas, lámparas finas, orquesta y hasta botes salvavidas…, pero no tenía lo más indispensable de la tecnología del momento para los vigías: binóculos.

Eso es el mapa de riesgo: un instrumento indispensable para mirar más allá de donde una sola persona mire pues es un trabajo en equipo para estudiar los riesgos en su conjunto y establecer una cultura del riesgo en la empresa.