DARSE LA PELA Y SIMPLIFICAR DRÁSTICAMENTE LA CONSTITUCIÓN

Los que han apostado a la bolsa de valores saben cuán difícil es vender una acción perdedora. Primero, no es fácil reconocer que la decisión de invertir en esa empresa fue equivocada, y segundo,  la ambición que nos llevó a invertir no se contenta con renunciar a la posibilidad de una recuperación en el precio de la acción.

Algo parecido nos pasa en Colombia con la constitución del 91. Reconocer que en tan poco tiempo (en términos históricos), la constitución generó múltiples conflictos de poder (políticos y socio-económicos) se dificulta, primero por lo poco que se estudia su impacto en lo que nos acontece, y segundo, porque se volvió un mito que la constitución es la gran defensora de los derechos humanos y de un estado de derecho social.

Profesionales del derecho y estudiosos del tema siguen alabando sus bondades y contribuyendo a la construcción de un imaginario popular donde la constitución del 91 es la panacea a todos los males nacionales, ciegos al cada vez mayor números de problemas que la constitución genera, entre los cuales, solo para mencionar algunos, están la pugna de poder  entre fiscalía, procuraduría y contraloría, el desbarajuste de la justicia y el embrollo creado por la destitución de Petro.

Simplificar drásticamente la constitución significa despojarla de todo articulado que no requiera rango constitucional, sin renunciar a los principios sociales y de derechos humanos, con lo cual la haríamos un motor de desarrollo mucho más eficiente.